viernes, 4 de mayo de 2018

SIEMPRE QUE LLEGA EL MES DE MAYO...


Siempre que llega el mes de mayo, en nuestros pueblos, comienza una manifestación religiosa que se llama romería, donde en su minoría los cristianos celebran la fiesta de su patrona y que otros lo toman como excusa para divertirse y poco más.

Quizás es un atrevimiento por mi parte escribir esto, pero creo que hay que llamar las cosas por su nombre y no confundir la fe con la “fiesta”, y no es que la fe no sea una fiesta que lo es, pero quien lea esto sabe de qué estoy hablando.

Hablo de vida y no de muerte, hablo de alegría, de esperanza, de fe, para algunos tonterías porque dicen: “vivamos que son dos días”, quizás, pero yo quisiera que esos dos días fueran los mejores de mi vida.

María de Nazaret, la madre de Jesús, la mujer que dijo SÍ al plan salvador de Dios, la mujer de fe, en cada pueblo con nombre diferente, pero es la misma, es María.

Esa mujer que acoge con su mirada a tantas personas que la miran con fe para pedirle por sus familias, esa mujer con mirada tierna que acoge el sufrimiento de la humanidad, esa mujer sencilla y accesible a todos, que es madre y sabe lo que es sufrir, estar triste o estar alegre.

María la humilde sierva, la pequeña, un ejemplo de vida, “hágase en mi según tu palabra”. Siempre atenta a la voluntad de Dios.

María ruega por nosotros, enséñanos a amar a Jesús, tu hijo.

jueves, 8 de marzo de 2018

REFLEXIÓN SOBRE EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER



Me siento “utilizada”  como mujer por políticos y otros grupos sociales, yo me siento mujer todos los días del año, con una identidad muy clara.
        
Es muy importante celebrar el 8 de marzo, el día internacional de la mujer, para que todos y todas tomemos conciencia de la dignidad de la mujer, de que todos somos iguales.
         
PERO MI DÍA SON TODOS LOS DÍAS, MI SER MUJER ES ALGO QUE CELEBRO CADA DÍA Y LE DOY GRACIAS A DIOS POR ELLO.
         
Pero no nos quedemos solo en un día sino que hagamos algo más y estoy convencida de que ese algo lo tenemos que hacer nosotras, las mujeres, primero creer en nosotras.  Sin la mujer, sin lo femenino que sería de la sociedad, que sería de las personas que nos rodean, aportemos nuestro ser mujer.
         
Cuanto mal ha hecho el machismo y hoy día sigue haciéndolo, mujeres que mueren porque un hombre cree que son de su propiedad, cuántas mujeres tienen que sufrir en silencio por miedo, cuantas niñas y mujeres son maltratadas y esclavizadas sexualmente, cuántas mujeres son maltratadas en el trabajo o no reciben un salario justo, cuanta injusticia. Contra esto hay que luchar.
         
Y qué decir del papel de las mujeres dentro de la Iglesia en esto hemos avanzado muy poco, poquísimo. Hay mucho que hacer todavía.
         
En fin mucho que luchar, por algo que nos pertenece, la dignidad, la igualdad. Pero sin olvidar que nuestro ser mujer, lo femenino aporta porque aunque somos iguales, somos diferentes.
         
Me atrevo a presentaros a alguien que dignifico a la mujer como nadie Jesús de Nazaret, repito nadie ha dignificado más a la mujer que El:
         
Había una idea incuestionable en aquella sociedad judía de los tiempos de Jesús, dominada y controlada por los varones: la mujer es “propiedad” del varón. Primero pertenece a su padre, al casarse pasa a ser propiedad de su esposo; si queda viuda, pertenece a sus hijos o vuelve a su padre y hermanos. La función social de la mujer estaba bien definida: tener hijos y servir fielmente al varón.
         
Según el escritor judío Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, mientras el varón se guía por la razón, la mujer se deja llevar por la sensualidad. Flavio Josefo resume bien el sentir más generalizado en tiempos de Jesús: “Según la Torá, la mujer es inferior al varón en todo”.
         
También el ámbito religioso, controlada por los varones, colocaba a la mujer en una condición de inferioridad. Las mujeres estaban separadas de los hombres tanto en el templo como en la sinagoga
         
Jesús hace amistad con las más marginadas: las mujeres que se acercaron a Jesús pertenecían, por lo general, al entorno más bajo de aquella sociedad. Bastantes eran enfermas curadas por Jesús, como María de Magdala. Probablemente se movían en su entorno mujeres no vinculadas a ningún varón: viudas indefensas, esposas repudiadas y mujeres solas, sin recursos, poco respetadas y de no muy buena fama. Había también algunas prostitutas, consideradas por todos como la peor fuente de impureza y contaminación. Jesús las acogía a todas.
        
Jesús rompe los esquemas: sin duda ven en él una actitud diferente. Nunca escuchan de sus labios expresiones despectivas. Nunca le oyen exhortación alguna a vivir sometidas a sus esposos ni al sistema patriarcal. No hay en Jesús animosidad ni precaución alguna frente a ellas. Sólo respeto, compasión y una simpatía desconocida. Tal vez lo más sorprendente es ver de qué manera tan sencilla y natural va redefiniendo, desde su experiencia de Dios, el significado de la mujer, echando abajo los estereotipos vigentes en aquella sociedad.
         
La mirada de Jesús es diferente: Jesús las mira de un modo diferente, y las mujeres lo captan.
         
Jesús nos mira de modo diferente, con la mirada de su Dios compasivo y misericordioso, lleno de ternura y que eligió a una mujer, a María,  para que en su seno naciera el salvador de nuestras vidas, el único que nos da VIDA y lo puede transformar todo.
         
Luchar por nuestros derechos no es pisotear al otro, no es intolerancia, luchar por nuestros derechos, es saber que tenemos deberes, y sobre todo un deber dejar a los que vienen detrás de nosotros un mundo mejor y más humano.